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CALEYEROS EN MADREÑES

AIDA, MI PRINCESA

AIDA, MI PRINCESA

Hola Aida, cariño:

         Intentaré explicarte lo mucho que te quiero aunque no se si encontraré las palabras adecuadas ni suficientes que te lo hagan entender en toda su intensidad, para explicarte cuanto de grande es mi amor por ti.

         Estaba pensando en la primera vez que te vi, eras muy pequeñita, tanto que solamente eras una ecografía del vientre de mamá. Simplemente era una imagen en una pantalla y ya te empecé a querer con auténtica pasión. Recuerdo cuando conseguí ver de forma nítida la imagen de ese diminuto ser, fue de pronto, como un flash, y en ese instante mis ojos se llenaron de lágrimas de felicidad, me puse a llorar como un tonto, tu mamá te lo puede confirmar, en ese momento comenzaste a cambiar mi vida, a llenarla como nadie lo había conseguido hasta entonces ni creo que lo conseguirá. Ya te quería con locura y sin embargo ni siquiera sabía si ibas a ser niño o niña. Tuvo que pasar un tiempo para que el médico nos dijese que eras una niña, eso fue en otra ecografía, fue en ese momento Aida, cuando pasé de querer aquel diminuto ser para quererte a ti, mamá y yo ya habíamos hablado que si eras niña te llamarías Aida, así fue como comencé a quererte con locura. En ese momento empezaste a ser mi niña.

         Aún recuerdo (porque parece que fue ayer) cuando ponía mi mano sobre el vientre de mamá en un intento de comunicarme contigo, sentir tus movimientos y que tu sintieses la mano de tu papá, el calor de una mano que siempre tendrás a tu lado, para cuando necesites agarrarla para salvar algún obstáculo en la vida, esa mano estará siempre para ti y lo está desde el vientre de mamá.

         Fuiste creciendo dentro de la barriguita de mamá hasta que llegó el día de tu nacimiento, un 22 de Abril de hace ya ¡¡siete años!! . ¿sabes? Yo estaba allí, al lado de mamá, viendo como pasaba los dolores para poder traerte al mundo, viendo como cada contracción, cada empujón terminaba siempre con una sonrisa de esperanza y felicidad, hasta que por fin te presentaste ante nosotros, arrancándonos un río de lágrimas y una sonrisa de felicidad. Recuerdo cuando la Doctora te puso sobre el pecho de mamá, recuerdo su sonrisa, sus lágrimas, tus lloros y mi primer beso en tu cabecita. En ese momento pude ver la expresión de todo el amor de una madre y la extenuación después de tanta mezcla de dolor, sufrimiento y felicidad. Estabas allí, sobre el pecho de mamá, eras una “ranita” que acabaría siendo toda una Princesa, mi Princesa.

         Dos días después llegamos a casa, al que iba a ser tu hogar, entraste, como siempre, llorando. Los primeros días fueron duros, nuestra inexperiencia nos podía en todo momento y cada uno de tus lloros nos llenaban de angustia y de dudas. Yo me acostaba en el sofá del salón y te ponía sobre mi pecho para intentar calmar tus cólicos, te daba palmaditas en la espalda e intentaba darte tranquilidad, que me sintieses a tu lado, que no estabas sola y te decía ¡venga cariño que ya están pasando! Hasta que al final te quedabas dormida después de tanto lloro y tanto dolor. Entonces yo te daba una caricia, un beso y te decía: Te quiero, mi princesa. Y así te dormías durante un buen rato con mis caricias y con el oído puesto al lado de mi corazón que no dejaba de repetirte, con cada latido,  lo mucho que te quería.

Has ido creciendo a mi lado, he visto tus primeros pasos en la vida, tus primeros dientes (ahora ya algunos de los segundos), tu primer día de Cole con todos los nervios del mundo, vestida con tu mandilón rojo y tu maletita. Has crecido de la misma manera que crece mi amor por ti.

         No se si soy o no un buen padre, eso eres tú quien lo tiene que decir, pero de algo estoy seguro y de ello no debes dudar: lo muchísimo que te quiero, mi ángel.

         Te quiero dejar para esta vida el arma más poderosa que existe, el amor de tu papá, lo tienes para siempre, sin condiciones, para que te de fuerza en tus momentos más duros, en tus angustias, en tus dudas, en tus deseos y te acompañe en todas tus alegrías. Escucha siempre mi voz que te dice: ¡¡Aida, mi amor, sigue adelante!!. Recuerda también mis tonterías, esas con las que echas carcajadas todos los días a mi lado, quiero que las recuerdes cuando te encuentres baja de ánimo, ellas se abrirán paso entre tus lágrimas y te arrancarán una sonrisa, esa será nuestra victoria, la de los dos, padre e hija.

         Desde el primer momento te has convertido en el centro de mi vida, en principal motivo de mi existencia, en mi mayor ilusión y en mi mayor apuesta por la vida.

         Quiero darte las gracias por dejarme quererte tanto, por tu forma de decirme Papi, por tus besos, por tus abrazos, por dejarme achucharte y por decirme, cuando me dan ganas de comerte eso de ¡¡ Desachúchame papi!! También quiero darte las gracias por ser mi hija, por arrancarme tantas sonrisas, por hacerme tan feliz, por reglarme los mejores años de tu vida haciendo de ello también los mejores de la mía.

 

         Te quiero mi niña, te adoro mi Princesa.

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