QUIEN ME LO IBA A DECIR A MÍ
Era una Rosa llamada Ana. Vale… de acuerdo, me enamoré perdidamente, un proyecto de hippie perfecto, un bohemio lleno de pájaros en la cabeza, que creía que este mundo se podía cambiar y resulta que solamente se puede sobrevivir y con eso vas que jodes.
Sí, me fije en ella hace ya muchos años, aunque ella crea que ha sido sobrevenido, que llegué a ella a base de descartes, rechazos y decepciones, la verdad es que me gustaba, pero mi vida era demasiado entretenida por aquellos tiempos y, quieras que no, eso ayuda.
Pero los años pasan y la vida se ralentiza, las cosas cambian y ya tienes más tiempo libre para pensar y hacer caso a eso que tenías en el rincón de tu desván. Viejos recuerdos que a la hora de revisarlos te das cuenta que has guardado cosas que realmente no puedes vivir sin ellas. Algo así fue, de pronto esa imagen, esa sonrisa, esa espontaneidad que guardas en es caja y que revisas años después se te antoja irresistible. Te das cuenta que te has enamorado hasta el tuétano, que esa persona se hace imprescindible en tu vida, es entonces cuando pretendes conquistarla y te das cuenta del tiempo perdido todos esos años atrás.
Puede que suene un poco empalagoso, algo ñoño, pero todo lo contrario, puedo asegurar que no es así, si de algo pretendo huir es, precisamente de la ñoñería y los amores empalagosos.
El sí que me dio sonó en mí como el sonido de una canción que consideras tu himno, era septiembre, había quedado atrás un agosto más lleno de de sensaciones de fracaso y ansiedades de noches de soledad en una buhardilla cuyo techo pesaba como una losa.
Los días de lluvia eran veranos llenos de luz, la carretera dibujaba un corazón que latía por ti, y tiempo después acogí mi destino como quien compra lo que más le gusta en pleno mercado de navidad.
La vida giraba en sentido contrario al resto del mundo y esa sensación hacía que nuestras vidas fuesen torbellinos de gestos, besos y abrazos que sonaban en aquel coche lleno de historias venidas a más. Cómo no recordar ciertos momentos mirando hacia el mar, tras el cristal del viejo ibiza que nos dio libertad, privacidad y alojamiento a falta de la pensión que necesitaba tanta pasión.
Los años fueron pasando como dos almas que lleva el diablo al infierno de lo correcto y lo inevitable, iluminado por llamas de recuerdos quemados y placeres añorados que como muertos vivientes andaban a la caza de broncas y desengaños que por más que lo intenten no llegarán.
Llegó el momento de matrimoniar, el cura, la misa, el banquete y después la cerradura del hórreo que como frontera no nos dejaba pasar. La noche de bodas como preludio de lo que quedaba por venir, estallido de fuego a la luz de la luna en la cuenca del Nalón.
Años después las canas invaden los recuerdos de días pasados por agua y limón, días de cara y de cruz detrás del cristal de la ventana que mira al futuro aún por llegar. Andenes repletos de vías muertas que no llevan a ningún otro lado con más porvenir.
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Pedro Mª -