Ahora vuelvo y te cuento.
Esos besos guardados, los que no han sido dados aún. Esperan, en nuestra boca, su destinatario, locos por salir, locos por encontrarse con esos labios prometidos, acunarse en ellos, en el calor de esa boca amada, en la humedad con sabor dulce del amor.
Quisiera encontrar esa boca deseada, esos ojos que me miran a la vez que me dejan en mi boca el suave roce de un beso.
La dulzura de estos besos no dados me está matando, la angustia de los besos recibidos me ciega de pasión. Busco esa boca, busco esos besos, busco ese amor.
Nada que decir, nada que contar, solo esperar, solo desear.
Mis ojos miran a lo lejos, quieren ver esa sonrisa que todo lo puede, mis oídos quieren oír esa voz que enamora, mis labios quieren probar el sabor de una boca amada. Hay tanto que dar… y, porqué no, tanto que recibir…
Loco por regresar a ese amor, como quien regresa a esa estación olvidada, donde los recuerdos esperan aún sentados en la húmeda madera de aquél banco que me servía de mirador. Desde él podía ver partir los trenes cada uno se llevaba consigo una parte de mis ilusiones. Era una puerta que se abría a mis sueños. Creía en un destino hacia la estación del futuro por descubrir. Ahora, desde la perspectiva que contemplo, desde el mirador con la altura que proporcionan los años transcurridos se me presenta un paisaje oscurecido por las frustraciones vividas, demasiadas vidas soñadas, casi todas roncadas y prácticamente ninguna vivida.
He vuelto a la estación de las ilusiones, ya no está el banco de los recuerdos, ha desaparecido y con él aquellos sueños llenos de esperanza y vida. Ni siquiera la estación es ya la misma, ha perdido la melancolía de sus formas ya no invita a soñar, si es que aún sigo soñando. Esas sillas de plástico con patas de aluminio ya no son tan cómodas como mi banco para sentar allí mis ilusiones, hasta el tren ha perdido su encanto, su poesía. Las formas de sus máquinas y sus vagones han enajenado mi recuerdo, ya no me pertenece o quizá soy yo el que ya no le pertenece a ellos.
Miro hacia atrás, intento ver mi pasado, como si pudiese contemplarlo hacia el final del andén, allí donde estacionan los trenes del olvido, fijo mi mirada pero no lo veo, lo busco con cierto afán pero mi mirada, cada vez más melancólica, no consigue ver mi pasado.
De pronto, un ruido me vuelve al presente, es un tren que llega. ¡ Qué diferente al tren de mis sueños! Es todo tan distinto…, el viejo reloj que marcaba el paso del tiempo que separaba mi juventud de mi madurez ha sido sustituido por un moderno panel de puntos rojos que nos informan de las llegadas y salidas, ya no se oye aquél altavoz de voz cansina y texto Standard que sonaba anunciando las llegadas y las partidas, incluso hecho en falta las manecillas del reloj que a golpe de minuto se desplazaban en sus vueltas interminables a aquella esfera blanca, ahora la hora tiene formato digital, nos informa incluso del paso imparable de los segundos. No consigo obtener un nexo de unión entre mis recuerdos y esta tecnología deshumanizada, simplemente mi pasado ha sido arrasado, ha borrado las mejores imágenes de mi juventud.
Los tornos automáticos han sustituido a la vieja taquilla de ventana de capilla con contraventana de madera. Recuerdo mis esperas para la llegada del tren que debía coger, lo anodino de esas imágenes impregnadas de olor a colonias de gente que con gesto entre cansado y aburrido compartían mi propia espera. De pronto el ruido de un pestillo que se abría y la contraventana que dejaba ver la imagen del taquillero, hacía volver la vida a esa imagen de espera que, como la quietud de un cuadro, reinaba hasta ese instante. La imagen de aquél taquillero con gesto ente triste y malhumorado ha sido sustituido por un complicado cajero de pantalla táctil al que le tengo que diseñar mi ruta para que él calcule el importe y me dispense un billete con impresión térmica en sustitución de aquel cartón duro de color marrón con un agujero en el medio que tantos sueños representaba.
La locura de la modernidad ha caído como una losa sobre el romanticismo del tedio y el aburrimiento.
Necesito el soporte vital de mis recuerdos, necesito el aburrimiento de mi juventud, necesito sacudirme de estos “adelantos” que me tienen encarcelado, quiero hacer algo por mi mismo sin que una máquina dicte todos mis pasos. Necesito ser guiado de nuevo por mis ilusiones, por mis esperanzas, por mis sueños. Quiero imaginar mi futuro en la virtualidad de mi mente y no en la de una pantalla. Quiero recobrar la satisfacción de una intuición cumplida, el placer de haber advertido el futuro sin parámetros ni datos incorporados a un programa informático que aporte soluciones de la misma forma que aporta errores y averías. Y hablando de errores, echo de menos aquellos borrones de cuentas resueltas a lápiz en la parte de atrás de un papel de áspero aspecto, esa cuenta hecha en una esquina aprovechada para ello, cuentas hechas a mano y no a golpe de tecla impersonal con resultado en cristal líquido que dibuja unos números con formas estúpidas. Un ocho es un lazo y no dos cuadrados superpuestos, un uno se descuelga por su parte superior izquierda y no son dos palitos, uno encima del otro, el tres tiene dos jorobas, siempre las ha tenido, pero por lo visto la modernidad y el paso del tiempo le han puesto la espalda derecha.
Pienso en mi pasado y mis recuerdos activan la melancolía de los años ya pasados, los recuerdos, aquellos que creía patrimonio de mis abuelos primero y de mis padres después son ahora los míos. Pero ¿ cómo dejárselos a mis hijos? ¿dónde está el nexo de unión entre mis recuerdos y los que serán de mis hijos?, algo ha tenido que pasar, ha habido un salto, no hay solución de continuidad, hay una parte que se ha perdido y me temo que para siempre. Solamente unas viejas fotos en blanco y negro en una aburrida exposición podrá recordarnos como fuimos, como vivimos, como sentimos. Esas imágenes se han quedado en el desván de nuestras ansiedades, en la despensa de nuestra nostalgia. Ya no habrá solapamiento entre nuestro mundo y el de nuestros hijos ya no compartimos recuerdos, ahora han pasado, definitivamente, a ser batallas de viejos jamás vistas y de dudosa veracidad.
Nuestros siguientes recuerdos, como humanos, serán chips electrónicos ordenados por fechas, tipos de archivo, tamaño, etc. Todo excepto nuestra memoria en blanco y negro, esa que solamente se ve en nuestro interior o se cuenta pero no se imprime.
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