Café sólo
Había pedido un café en aquel bar dónde suelo ir a leer en mis ratos libres. Me gustaba la soledad de aquella mesa, de aquel rincón.
Con una hoja en blanco y al mismo tiempo que miraba distraídamente por la ventana, creí verte pasar. No pude reprimir un gesto de sorpresa y, de pronto, mi corazón se puso a latir de tal forma que por momentos parecía salirse de mi pecho y correr hacia ti, como yo hubiese hecho si no fuese por la certeza de lo irreal de mi visión. Pensé, por un momento, que pudiese ser real, que tú eras quien pasaba por allí, ¿qué hubiese hecho?, creo que hubiese dejado que te alejases perdiéndote entre la gente como una nube se funde sobre otra y desaparece llevada por el viento hacia un cielo inacabable.
La melancolía de aquél oscuro y triste bar provocaba una extraña sensación, como si estuvieses junto a mí y tan lejos al mismo tiempo. Miraba a mi lado y te veía sentada en aquella silla vacía que te esperaba con desesperación, que te guardaba un lugar junto a mí y que, al mismo tiempo, simbolizaba toda mi soledad y me recordaba todo el vacío que deja en mi tu ausencia y que, solamente en parte, puede llenar de una forma virtual el recuerdo de tus besos, esos besos que un día me distes y que forman parte de mí para siempre, mi más hermoso tesoro guardado en unos labios que aún conservan tu sabor. Esa silla vacía representa claramente el vacío que hay dentro de mí, el hueco que dejas en mi vida, todo lo que tú llenas de amor.
Resuena en mis oídos el eco de tus palabras, aquellas que me dijiste y nos dijimos, incluso las que iban implícitas en nuestras miradas, en nuestros gestos, las que formaron la antesala de nuestros besos, las que sonaron sinceras y a la vez imposibles. Una declaración, un juramento que no se cumplirá jamás, o quizás la promesa de un amor clandestino que ni siquiera nosotros queremos conocer. Mejor así, que el secreto de nuestro amor nos alcance a ti y a mí, que seamos parte de esa gente que lo desconoce, de esa gente que sabe pero no cuenta, que siente pero no habla. Un secreto solamente confesado con el silencio de una mirada, guardado en desván de de los sueños imposibles, bajo la llave de las noches de luna.
Continuaba sentado en la misma mesa de frío mármol, delante de la misma taza de café y como única compañía aquella silla ocupada por tu ausencia. Era como si el tiempo se hubiese detenido, siempre que pienso en ti, el tiempo parece detenerse, ¡Es tanto mi amor…!, que parece no transcurrir a lo largo del tiempo, si acaso se le ve crecer, pero nunca pasar. En aquella silla, donde se reflejaba mi profunda soledad y me hablaba de amor tu silencio, dejaba yo todos mis recuerdos y todos mis deseos, en esa silla mi pasión se sentaba también a mi lado para recordarme que la transparencia que yo veía no era sino tu indiferencia, tu forma de no estar a mi lado.
Solamente llegaban a mis oídos las palabras que nacen en mi mente, como un deseo, no como una realidad, son palabras de cariño que forman frases que terminan en unos puntos suspensivos que dejaban abierta la puerta de mi desesperanza, era el horizonte de mi amor convertido en el abismo de tu recuerdo, ese acantilado que me llama para tirarme en el mar de tu mirada perdiéndome en el árido desierto de tu recuerdo, caminando hacia el oasis de tu corazón, siendo finalmente un simple reflejo de mis más humildes deseos de tenerte.
Absorto en imaginarte junto a mí, me llegó la noche cubriendo de una punteada oscuridad la angustia que me llenaba hasta ahogarme. Tu recuerdo es todo lo que tengo, a todo lo que me agarro para no sumergirme para siempre en el agua de tu olvido. Tu presencia es todo lo que añoro, tu boca el túnel al que se dirigen mis labios para probar la dulce oscuridad de tu boca. Tu mirada la estrella que me guía, tu cuerpo todo mi mundo, tus caricias la calma que nunca llega, tu aliento el aire que necesito, tu amor todo lo que no tengo y Tú, todo lo que me hace falta.
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